La consulta de proctología está repleta de impacientes, es increíble cuantas personas necesitan del auxilio del fontanero del cuerpo. Hay jóvenes y viejos, mujeres y hombres todos con un mal que les irrita el círculo oscuro y el talante, porque existe una relación directa entre las disfunciones en el lado oculto de la luna y la tolerancia de la luna misma, como si en realidad la decisión más apremiante o el sentimiento más recogedor no se decidiera entre los parietales o con los latidos de cardio sino simplemente en las tranquilidades del recto.
Una muchacha hermosa, de zapatos con plumas rojas observa inquieta todo lo que pasa a su alrededor mientras espera su turno. Se siente como si la hubieran abducido y hora ese pasillo abarrotado de siluetas en movimiento fuera el puente de un platillo volador. A su lado un hombre con ademanes de albañil intenta, inútilmente, escurriese de la vista pública mientras acomoda como puede sus dolores bajos. El médico ha de registrarlos a ambos, pero calculo, palabra sospechosa en este texto, que el fontanero dedicará más tiempo a la chica que al constructor.
Llaman desde la puerta de la consulta, abarrotada de impacientes y de ansiosos, a una mujer y, al levantarse esta, deja ver un decorado en la piel próxima al sitio de la ruptura. Los tatuajes le han agregado un nuevo aliciente al oficio de quien solo veía el sol negro. Ahora mientras el reparador de aros espera que el dolido o la dolida, se acomode en el mueble- balance- artilugio de la vergüenza, donde será revisado hasta sus raíces puede deleitarse con los filigranas del tatuado, sea un unicornio volador o los trazos de una reja francesa.
Ya decía que en la puerta se amontonaban otra clase de impacientes, los privilegiados, amigos, amigos de los amigos, que cualquier ayuda es bienvenida para salir del mal rato lo antes posible y que la válvula de los desechos regrese a la normalidad llevando consigo la calma a las almas buenas. Todos los quejosos que asedian la puerta observan con atención el interior de la consulta, aunque para ello sea preciso meter la nariz más allá, sin importar que en ese momento un afectado esté patas arriba con todos sus secretos expuestos. Todos los acechantes, los que están allí de la mano de sus padrinos, o los que no necesitan presentadores porque ellos mismos comparten afectos con el doctor hacen magia para escurrirse y ser atendidos antes del resto.
Una buena parte de ellos se les ve con un bocadillo de jamón y una lata de cola en la mano destinada a la necesaria merienda del reparador de agujeros negros. En la mesa de la consulta se acumulan los Sanwuishe envueltos en apretado plástico y las latas de cola. No está mal que amable doctor sea atendido gastronómicamente por sus pacientes, lleva muchas horas allí viendo fotingos dañados y aunque a la mayoría de las personas ese espectáculo terminaría por quitarles el apetito, a los proctólogos, de tanto verlos ya no les importa.
Mientras los de la puerta van pasando, los de la lista esperan aturdidos. Ellos no llevan meriendas ni son amigos de los amigos, ni son celebridades y sus agujeros dañados son los más humildes de todos.
Finalmente a la chica de los zapatos rojos es llamada, se levanta con lentitud y camina tambaleándose levemente, ella estaba de vacaciones con su amigo cuando la flor roja dejó de ser un botón y se volvió un desojado crisantemo, lamenta su suerte, pasó de la holgura y la frivolidad al dolor y la incomodidad. Cuando se va la chica el albañil rezonga porque está allí desde el amanecer y ya no sabe cómo sentarse, algo bien compresible debido a que su dolencia está justamente en el sitio de las posaderas, piensa en todo el dinero que está perdiendo por culpa de su retaguardia. El gana en una semana lo que el doctor que le atenderá gana en un mes, la tarifa de la mampostería es a peso cada ladrillo, es fácil sacar la cuenta de lo que cobrará levantar por un cuarto pequeño. Quién sabe si el médico necesita de sus habilidades profesionales, le haría una rebaja considerable y con ello quedaría entre los que no necesitan anotarse en la lista, esos que están en la puerta esperando que se abra para meter la nariz y ser llamado como se llama a un amigo.
Pero por ahora el albañil deberá esperar en la lista de espera.
Súbitamente se arma un alboroto en una de las escaleras próxima y por ella comienzan a llegar una manada de agitados pacientes en piyama, gorro y botas de tela ya inútilmente asépticas, vienen con las manos tapándose un sus ojos. Con la pupila dilatada se arrastran hasta las sillas que le ceden en la alarma, los que allí esperan.
La enfermera que los pastorea se hace oír con firmeza para que ninguno de sus corderos se pierda o se dañe Los recién llegados cuentan la pavorosa experiencia de estar en el preoperatorio de oftalmología, con la zozobra natural de quien será operado, cuando estalló un registro eléctrico y el humo los hizo salir, cambiando la tensión de la antesala quirúrgica por la del fuego en ciernes. Por suerte el episodio finalmente no pasó de un humo tenue, el olor acre a cable quemado y la suspensión de las cirugías de ojos debido a la hipertensión alta de todos los pacientes.
Que ironías del destino, los que se iban a operar de los ojos terminaron refugiados en el territorio de los que están discapacitados del ojo. A tierras del cíclope ciego fueron a parar los del oculista, que ya lo dijo un famoso comediante: oculista no, ojista.
Finalmente el adolorido albañil es convocado. Dentro de la estrecha consulta encuentra a dos médicos y una enfermera quien, como es común en las enfermeras, está teñida de rubio. La doctora es una esbelta dama, terrible destino de los que tengan que ir a tan ridículo trance frente a esa galena, ella que es casi seguro miembro de alguna casa noble del reino de las Barbie y parece más dada a las pasarelas que al de deshollinadora de traseros. Pasa el albañil frente a la doctora rogando para que no sea ella quien lo revise. Pero su mal, de brazas entre las posaderas, está destinado al sanador sentado en a la mesa de enfrente.
Datos de rigor y la pegunta necesaria entre el médico y su paciente a la que le sigue una respuesta del albañil en forma de gesto compungido, lástima en la mirada, pujo que no sale, venas del agujero exaltadas convirtiendo, ese lugar tranquilo, en un dolor permanente, como si cada dos minutos, un soldado de infantería te sonara una patada en el subespacio trasero con una bota rusa. El médico entiende pero su mirada es neutra, sin solidaridad ni acompañamiento, demasiados así ve cada día como para sentir pena por ellos. Todo un profesional, el galeno, señala el sitio de la guillotina la que no es precisamente para separarte el cuello de la cabeza, sino para cortarte de un tajo la poca dignidad que te pueda quedar.
Arrodillado en un reborde, con los pantalones por el suelo y su profusa redondez expuesta, el albañil se extiende en la mesa de proctología. El doctor mueve un resorte y, el pobre albañil, queda con la cabeza hacia abajo y su adolorido trasero hacia techo, como el edificio ranurado de un telescopio. Con manos hábiles le hurgan entre las vergüenzas y luego de lo que parece un siglo, lo regresan a su posición normal, posición, no estado, porque al estado normal no volverá tan rápido luego de que el reparador de agujeros, la rubia enfermera, la doctora modelo de París y hasta el próximo paciente, un señor con cara de obstinado evangélico, le hayan visto con todo lo de abajo groseramente hacia arriba.
Escribe el doctor en las recetas y los métodos con esa caligrafía que solo comprenden los farmacéuticos, recomienda antinflamatorios y fomentos, pastillas y ungüentos. Reposo mucho reposo y vuelva en 15 días. El albañil agradece tan bajo que el doctor no lo escucha. Se va con la mirada al piso, se mezcla con los acechantes que aún no han conseguido pasar. A sus espaldas el médico hace una seña y el próximo paciente se escurre a toda prisa con una sonrisa de cartón piedra en el rostro un sanwuishe de perro caliente y una lata de cola en la mano extendida.